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lunes, 17 de septiembre de 2012

ENVEJECIMIENTO DE LAS PERSONAS CON SINDROME DE DOWN


La primera reacción que me surge al iniciar el estudio del envejecimiento de la persona con síndrome de Down es de alegría y de satisfacción. Ahora podemos hablar ya de envejecimiento, e incluso nos urgen a hacerlo como es el caso de estas Jornadas, porque son ya muchas las personas con síndrome de Down que envejecen. Lo hacen antes que el resto de la población, ciertamente, pero un gran número de personas alcanzan los 60 años y no pocas los superan, un hecho que hace bien pocos años parecía imposible. Hay, pues, un largo período en la vida de estas personas que está repleto de experiencias, de acontecimientos, de alegrías, de logros y de fracasos. Inexorablemente, el acontecer de estas varias decenas de años – la biografía– va a condicionar el modo de envejecer, ateniéndonos a ese conocido y cierto aforismo que nos dice que nuestra vejez va a depender de cómo ha transcurrido nuestra vida de adulto. Es lo que en otro lugar llamo "el envejecimiento a la carta".

Efectivamente, los adultos jóvenes con síndrome de Down que hoy día vemos por nuestras calles presentan unas características que van a condicionar significativamente la forma y el modo de envejecer, entendidos en su visión biológica más completa:

1. En su mayoría siguen un programa de salud. Esto significa que están sometidos a revisiones periódicas, algunas anuales, lo que implica que deberían estar controlados o fácilmente detectados aquellos problemas que hasta ahora se veían más frecuentemente en los ancianos con discapacidad intelectual en general, y con síndrome de Down en particular: los trastornos de carácter sensorial (audición, visión), los trastornos endocrinos (especialmente los tiroideos y la obesidad), los cardiovasculares. En resumen, han sido entrenados y formados en el hábito de controlar su salud.

2. Viven una vida con autonomía proporcional a su desarrollo psicológico. Esto significa que su vida es más abierta, más expuesta a estímulos de diverso contenido y a focos de interés relacional, acude a centros de esparcimiento, no está recluido en su casa.

3. Ha tenido, o todavía retiene, un trabajo que, en principio, está adaptado a sus capacidades cognitivas y a sus habilidades manipulativas. La vida laboral significa, además, un centro muy particular de interés debido a las relaciones que se establecen, la necesidad de adaptarse a su entorno, tanto de jefes como de compañeros; ofrece, además, la oportunidad de disponer de un dinero propio y de contribuir a sus gastos diarios, tanto los imprescindibles como los de esparcimiento.

En definitiva, es una persona a la que se le han dado oportunidades para desarrollar sus capacidades y sus habilidades en múltiples áreas: el diálogo, la comunicación y la relación interpersonal, la lectura y la escritura, el disfrute de espectáculos y música, etc. Es una persona, por tanto, con un bagaje vital absolutamente diferente del que vemos descrito en tantas publicaciones, en el que apenas si se podía obtener información sobre la evolución de sus capacidades cognitivas y sus gustos debido a la pobre capacidad de expresión y al escaso contenido de su realidad vital. En suma, la persona de la que se decía que resultaba muy difícil apreciar si había o no, en el curso del envejecimiento, una reducción de sus capacidades y habilidades porque el punto de partida de su nivel intelectual era muy bajo.

Es posible que más de uno piense que estoy presentando una situación idílica o, cuanto menos, minoritaria. Pero la experiencia que voy teniendo es que numerosos jóvenes con síndrome de Down que se encuentran en la veintena de su vida pertenecen ya a esta categoría; en ellas se aprecia, de una manera más o menos explícita, un proyecto de vida abierto y rico. Es posible que no posean todas las cualidades que he descrito pero sí muchas de ellas. Por consiguiente, la evolución de su adultez se presta para examinar y detectar en qué grado y con qué ritmo van evolucionando sus cualidades cognitivas, su interés, sus capacidades, para ver cómo se realiza esa transición hacia el envejecimiento en el síndrome de Down, tal como aquí y ahora se va expresando.

Me he detenido a presentar los rasgos que caracterizan a los actuales jóvenes con síndrome de Down, con todas las excepciones que se quieran, para que comprendamos que cuanto voy a exponer sobre el envejecimiento en el síndrome de Down corresponde a la experiencia obtenida con las pasadas generaciones. Tenemos que estar muy alertas para analizar cómo evolucionan las actuales, y comprobar si siguen evolucionando hacia su ancianidad con los mismos patrones. Éste es el valor de los estudios longitudinales y prospectivos frente al de los transversales, ya que, al partir de circunstancias nuevas y distintas, hay que detectar los cambios que aparecen en los mismos individuos; sólo así se detectan los cambios intraindividuales, se identifican las relaciones entre dichos cambios y se puede analizar la variabilidad interindividual en los determinantes del cambio operado en un individuo determinado.

Una realidad comprobada



De acuerdo con nuestro actual estado de conocimientos, debemos partir de los siguientes datos que considero incontestables:

1. La esperanza media de vida de las personas con síndrome de Down se aproxima a los 60 años. Esta cifra es claramente inferior a la que ofrece la población general y la población con deficiencia mental no debida a síndrome de Down. Este síndrome, por tanto, es un claro factor de riesgo en lo que a anticipación de la mortalidad se refiere (Strauss y Zigman, 1996). Ya antes me he referido ampliamente a lo que significa que estas personas consigan alcanzar esa edad. No olvidemos, además, que la cifra es una media y que el intervalo es muy amplio. Son varios los informes que han aparecido sobre personas con síndrome de Down que han llegado a la década de los ochenta sin signos de demencia (Chicoine y McGuire, 1997).

2. Existe una clara relación entre síndrome de Down y enfermedad de Alzheimer. Esta relación se expresa en los siguientes hechos:

2.1. La tasa de aparición de enfermedad de Alzheimer en la población con síndrome de Down es muy superior a la de la población general o la de la población con deficiencia mental no debida a síndrome de Down.

2.2. La edad de aparición de la enfermedad de Alzheimer en el síndrome de Down es claramente más temprana que en el resto de las poblaciones antes señaladas. Sin duda, éste es un factor muy importante –aunque no el único– que contribuye al acortamiento de la vida de la persona con síndrome de Down.
2.3. Existen claras razones de naturaleza biológica que explican esta relación.

Resulta, pues, inevitable que, al analizar el envejecimiento de una persona con síndrome de Down, nos sintamos casi obsesionados por esta realidad y olvidemos o no prestemos la suficiente atención a otros elementos que considero importantes en el curso del envejecimiento. No sé si seré yo mismo capaz de liberarme de esa obsesión –y con ello liberarles también a mis lectores– pero vamos a intentarlo.

El curso del envejecimiento en el síndrome de Down



El primer riesgo que podemos correr es considerar que cualquier cambio o deterioro en la capacidad cognitiva o en la conducta de un adulto con síndrome de Down expresa el comienzo de la demencia tipo Alzheimer. Nada más lejos de la realidad. Existe todo un conjunto de cuadros patológicos que pueden aparecer en las personas con síndrome de Down, y que tienen rasgos que pueden semejar demencia; los principales quedan expuestos en la tabla 1.


Tabla 1. Diagnóstico diferencial de
enfermedad de Alzheimer y síndrome de Down*

Depresión
Disfunción tiroidea
Cardiopatía no diagnosticada
Trastornos epilépticos
Problemas de sueño
Pérdida de la audición
Pérdida de visión
Compresión de médula cervical
Neoplasias no diagnosticadas
*Según Van Dyke et al. (1998)




Todos estos cuadros son valorados sistemáticamente si se siguen bien las instrucciones del Programa de salud para Personas con Síndrome de Down. McGuire y Chicoine (1997) explicaron recientemente de forma muy ilustrativa cómo el análisis y el examen sistemáticos de varias personas con síndrome de Down, que podían haber sido diagnosticadas de demencia, tenían realmente otros cuadros patológicos que podían ser perfectamente tratados. Es particularmente necesario resaltar la frecuencia con que pueden iniciarse procesos depresivos coincidiendo con acontecimientos variados que ocurren en la vida de un adulto: muerte de familiares, cambios de domicilio y de ambiente, pérdida de un amigo, temas laborales, etc. En la tabla 2 se exponen de forma comparada síntomas que pueden deberse a depresión y a enfermedad de Alzheimer (Sung et al., 1997).


Tabla 2. Síntomas de depresión y de demencia en adultos con síndrome de Down



Síntomas propios tanto de depresión como de demencia

Síntomas de demencia

Síntomas de depresión
Apatía/inactividad
Convulsiones
Tristeza
Pérdida de habilidades de
atención a sí mismo
Cambios de personalidad
Crisis de sollozos
Depresión
Declive en la memoria visual
Fácil cansancio
Incontinencia
Pérdida del lenguaje
Declive psicomotor
Retraso psicomotor
Desorientación
Cambios de apetito
Irritabilidad
Preocupación excesiva sobre
su propia salud
Conducta autolesiva
Falta de cooperación,
terquedad
Incapacidad para orientarse
Conductas agresivas
Aumento de dependencia
Conducta estereotipada
Pérdida de interés
Trastorno en su capacidad de
aprendizaje
Pérdida de peso
Pérdida de sus habilidades
laborales
Deterioro emocional
Temblor fino de dedos
Conducta destructiva
Modificaciones del EEG
Alucinaciones, delirios
Deterioro intelectual
Dificultades para el sueño
Información tomada de Aylward et al. (1995), Burt et al. (1992), Zigman et al. (1993).



Otras veces son las pérdidas sensoriales de la visión y de la audición, o la aparición de hipotiroidismo que, si no son reconocidas y no son expresadas por el interesado, pueden ocasionar graves modificaciones de conducta. De ahí la importancia de crear, mantener y fortalecer relaciones de compañía y amistad que suplan la pérdida de seres queridos; la importancia de conseguir y promover la comunicabilidad durante la vida de adulto, para que sepan y se acostumbren a contar sus problemas y notifiquen las molestias y dificultades que experimentan.
Así, pues, el diagnóstico de demencia tipo Alzheimer exige, en primer lugar, descartar cualquier otra posibilidad diagnóstica mediante la realización de análisis y exámenes oportunos; y, en segundo lugar, aplicar los métodos de diagnóstico de que hoy disponemos para evaluar clínicamente la presencia de la demencia y medir su intensidad.
Para lo primero, habrá que analizar la función tiroidea, los niveles de ácido fólico y vitamina B12, la fórmula sanguínea, la velocidad de sedimentación y la presencia de autoanticuerpos para descartar anemias, infecciones y enfermedades autoinmunes; habrá que hacer exploraciones neurológicas completas con las técnicas complementarias de EEG y resonancia magnética. Visser et al. (1996) han destacado la importancia que tiene el estudio del EEG como herramienta diagnóstica de la demencia en las personas con síndrome de Down: hay un enlentecimiento progresivo del ritmo occipital dominante que guarda relación con el declive cognitivo.
Desde el punto de vista de la evaluación cognitiva y conductual, habrá que aplicar el uso de unas determinadas escalas de evaluación psicométrica que han sido progresivamente adaptadas y perfeccionadas para su aplicación en personas con deficiencia mental y específicamente con síndrome de Down. En la tabla 3 se indican las más utilizadas.


Tabla 3. Escalas descritas para el diagnóstico diferencial de enfermedad de Alzheimer en personas con deficiencia mental




Aylward ED, Burt OB, Thorpe LU, Lai AC, Dalton A. Diagnosis of dementia in individuals with intellectual disability. J Intellec Disabil Res 1997; 42: 152-164, 1997.
Castelló A, Carrillo M, Barnosell E. Tests d’Aptitudes Cognitives per a Deficiencia del 65%, TACD-65. Barcelona, Coordinadora de Centres per a Minusvàlids Psíquics de Catalunya, 1996.
Evenhuis HM. Evaluation of a screening instrument for dementia in aging mentally retarded persons. J Intellect Disabil Res 1992; 36: 337-347.
Gedye A. Dementia scale for Down syndrome. P.O. Box 39081. Point Grey, Vancouver BC. V6R 4P1 Canada.
Haxby JV. Neuropsychological evaluation of adults with Down syndrome: patterns of selective impairment in non-demented old adults. J Ment Defic Res1989; 33: 193-210.
Prasher VP. Dementia questionnaire for persons with mental retardation (DMR): Modified criteria for adults with Down syndrome. J Appl Res Intellect Disabil 1997; 10: 54-60.
Visser FE, Aldenkamp AP, van Huffelen AC, et al. Early signs of dementia checklist. Am J Ment Retard 1997; 101: 400-412.




Una vez descartada la existencia de cuadros patológicos que podrían
confundir el diagnóstico de demencia, hay que analizar si existen otras causas de demencia que no sean enfermedad de Alzheimer (p. ej., de origen vascular, enfermedades desmielinizantes). El factor decisivo va a ser la documentación de que existe una progresión, un declive en varias áreas específicas, lo cual requiere un estudio sistemático y longitudinal del individuo.
Por las razones arriba expuestas, son los estudios longitudinales prospectivos los que ofrecen mayor garantía a la hora de evaluar las características y la evolución de las personas con síndrome de Down que padecen demencia. Una vez que disponemos de una población habremos de analizar cuándo se puede precisar que se inicia la demencia, qué curso sigue, cuáles son los elementos que más se deterioran.
Visser et al. (1997), en un estudio longitudinal que abarcó hasta 10 años de evolución, establecieron como criterios diagnósticos para definir el comienzo de una franca demencia: la aparición de al menos 10 síntomas incluidos en su Early Signs of Dementia Checklist, la alteración de al menos el 25% en el Inventario de Habilidades Sociales para personas con retraso mental, y la reducción de al menos 1 Hz en el ritmo dominante de base del EEG en la región occipital. Naturalmente, había personas que mostraban también deterioros, pero en grado menor; a esas personas se les considera que presentan un proceso en el que ciertamente existen modificaciones de conducta, pero sin llegar a diagnosticarlas de demencia. Lo cual significa un dato que debe ser muy tenido en cuenta por familiares y cuidadores: hay personas con síndrome de Down que desarrollan demencia, y hay otras que muestran un cierto declive y deterioro en su evolución con la edad, sin que tengan por ello que presentar demencia. Con otras palabras, existe un declive funcional en los adultos ancianos con síndrome de Down, que es propio de la edad y no de la enfermedad de Alzheimer, con un pronóstico favorable, que requerirá como es lógico sus propias atenciones y cuidados.
En el citado trabajo de Visser et al. (1997), desarrollaron demencia 56 personas de un total de 307, siendo la media de edad a la que se inició los 56,1± 97,4 años (intervalo entre 40,9 y 72 años). El deterioro suele comenzar con síntomas clínicos poco específicos (p. ej., una disminución del interés, de la velocidad con que se mueven, de la motivación), que se acompañan de cambios de humor o de una exageración en sus rasgos psicológicos. Estos síntomas se van haciendo más específicos conforme se aproxima a lo que va a ser el diagnóstico definitivo, apareciendo una disminución en la capacidad de hacer movimientos coordinados, de ejecutar las tareas a las que la persona estaba acostumbrada; aparece el deterioro en la capacidad de atenderse a sí misma en las necesidades diarias habituales (alimentación, aseo), y en la capacidad para comunicarse verbalmente. Muestran, por otra parte, signos de pérdida progresiva de la orientación temporo-espacial, y pueden llegar a mostrar serias dificultades en la marcha. Con frecuencia hay incontinencia urinaria. Es también frecuente la aparición de crisis epilépticas.
En otro estudio longitudinal y prospectivo realizado en 128 sujetos con síndrome de Down a lo largo de 3 años, Prasher et al. (1998) insisten de nuevo en el concepto de que un simple declive asociado a la edad en las capacidades adaptativas no significa que hay enfermedad de Alzheimer. Para llegar a diagnosticar la demencia, según estos autores, es preciso observar cambios importantes en la cognición, el humor, la conducta y el funcionamiento social, de acuerdo con los criterios diagnósticos de la DCR-10 (Diagnostic Criteria for Research) establecidos por la OMS en 1993, y que se mantengan o agraven durante un mínimo de 2 años. De esta manera distinguieron claramente dos grupos: el de los no afectados por la demencia y el de los afectados (tabla 4). En los no afectados, los síntomas relacionados con el funcionamiento


Tabla 4. Datos demográficos



No afectados

Con demencia

Otras patologías
N
86
17
25
Media de edad al inicio (años)
42,26± 10,78
53,0± 9,89
- hipotiroidismo: 10
- depresión: 2
Intervalo (años)
16-71
36-72
- otros trastornos: 4
Retraso mental
- demencia menos de
- ligero
15
3
2 años: 9
- moderado
56
12
- severo
15
2
Según Prasher et al., 1998.



independiente (vestirse, comida, aseo) puntuaron significativamente más altos a lo largo de los 3 años que en el grupo de los afectados, mientras que ocurrió a la inversa en los síntomas relacionados con la mala adaptación. Cuando la conducta adaptativa cae o empeora, aumenta la aparición de conductas maladaptadas. Por otra parte, en el grupo no afectado por la demencia el declive fue menor o inexistente cuando no existía ninguna otra patología asociada.
A conclusiones similares llega el trabajo longitudinal de Devenny et al. (1997), quienes habían seguido hasta entonces 91 adultos con síndrome de Down (con niveles cognitivos relativamente altos) de edades comprendidas entre 50 y 63 años, a lo largo de 6 años, y hallaron que, con excepción de 4 casos, estas personas mantenían esencialmente invariables sus niveles iniciales de funcionamiento. También ellos proponen la necesidad de distinguir entre lo que es un envejecimiento normal que se inicia precozmente (en el sentido de que aparece antes que en el resto de la población pero el declive progresa lentamente), y lo que es una evolución franca hacia la demencia.
Es preciso señalar un reciente trabajo español realizado en Lérida que ha sido presentado como tesis doctoral (Ribes, 1999). Aunque tiene las limitaciones de ser un trabajo transversal y no longitudinal, y de no analizar en profundidad los problemas de carácter médico que pudiera aquejar la población, este trabajo aporta datos de gran interés sobre las características del envejecimiento en una población de 81 personas con deficiencia mental, de las que 39 tenían síndrome de Down (12 entre 19 y 29 años, 16 entre 30 y 38 años, y 14 de edad superior a los 38 años). De acuerdo con los criterios DMR, 9 de las 21 personas que tenían síndrome de Down con más de 35 años podían ser diagnosticadas de enfermedad de Alzheimer, teniendo edades comprendidas entre los 37 y 63 años, con predominio de edad mental baja e institucionalización. Los datos de Ribes confirman la existencia de un declive que es más precoz y más rápido, en general, en la población con síndrome de Down si se compara con la que tiene otros tipos de deficiencia intelectual.
Así, pues, los criterios para confirmar la presencia de un declive no son absolutos pero han de demostrar que existe una progresiva pérdida funcional, diferente de la que es propia del envejecimiento normal (Cooper y Prasher, 1998). Este declive se aprecia en las siguientes áreas (Aylward et al., 1997).
a) Memoria. Hay problemas en la adquisición de nueva información: acordarse de encuentros sociales, ubicación de objetos colocados recientemente, tareas rutinarias que hay que hacer, qué se ha tomado en el desayuno de la mañana.
b) Otras funciones cognitivas. Se aprecian cambios o deterioros en el juicio y en el razonamiento (planes, organización); qué vestido ponerse, cómo arreglarse, los saludos sociales, el aseo personal.
c) Orientación. Se va perdiendo la orientación en el tiempo y en el espacio.
d) Control emocional, motivación, conducta social. Hay cambios en el estado emocional, irritabilidad, apatía, retraimiento social; cambios de humor, pérdida de la actividad en general, inicio de conductas anómalas (agresividad, alucinaciones, pérdida de atención.
Como se puede comprender, la detección precoz y la evaluación de todas estas funciones exigen en primer lugar que haya registros tomados previamente, en los que conste la evolución temporal de estas funciones; y en segundo lugar, que los cuidadores y monitores observen y anoten con diligencia las modificaciones que vayan surgiendo. La utilización de los cuestionarios arriba citados constituyen una importante ayuda para hacer un seguimiento sistemático, constante y homogéneo. A este análisis del estado cognitivo, afectivo y comportamental hay que añadir la exploración de las constantes biológicas que servirán, además, para descartar la presencia de otra patología adicional, y la realización de pruebas neurológicas como son el EEG y la resonancia magnética, como ya se ha indicado.
En los trabajos que acabo de citar y en otros muchos anteriormente realizados destaca un elemento: la enorme variabilidad interindividual que existe en la edad del comienzo de la demencia en las personas con síndrome de Down. Hay quienes comienzan a tenerla a finales de los 40 años, pero hay quienes no la muestran a los 70 años o más. Este dato está estrechamente relacionado con la prevalencia de la demencia de Alzheimer en el síndrome de Down.
Las cifras que aportan los diversos autores son muy diferentes, probablemente porque difieren los criterios que se establecen para el diagnóstico clínico. Modificaciones en el área cognitiva que se detectan con relativa facilidad en la población general son más difícilmente detectables en las personas con deficiencia mental. En éstas habrá que recurrir en mayor grado al análisis de las modificaciones de carácter adaptativo y conductual; pero, a su vez, en ellas habrá que distinguir entre las que son propias del envejecimiento natural y las que constituyen el envejecimiento patológico. Las cifras expuestas en la tabla 5 indican la claramente mayor prevalencia


Tabla 5. Aparición y prevalencia (%) de la demencia tipo Alzheimer


Edad

(años)

Población generala

Deficiencia sin síndrome de Downb

Deficiencia con síndrome de Downc
30-39
-
-
0-10 %
40-49
-
-
10-25 %
50-59
-
-
20-55 %
60-64
1 %
-
Entre 60 y 69: 30-75 %
65-69
1,4 %
Entre 65 y 74: 15,6 %
70-74
4,1 %
75-79
5,7 %
Entre 75 y 84: 23,5 %
80-84
13 %
85-89
21,6 %
Entre 85 y 94: 70 %
90-95
32,2 %

aHofman et al., 1991. bCooper, 1997. cVan Dyke et al., 1998.


de la enfermedad de Alzheimer en el síndrome de Down, en comparación con la de otras poblaciones, y su clara tendencia a aumentar con la edad. Obsérvense también en esta tabla los amplios intervalos en las cifras referentes al síndrome de Down, que comprenden datos de Haveman et al. (1995), Schupf et al. (1989), Lai y Williams (1989), Zigman et al (1995), Prasher (1995) y Visser et al. (1997).
Existen, además, otras opiniones. Hay quien afirma que toda persona con síndrome de Down desarrollará demencia tipo-Alzheimer si vive un tiempo suficientemente largo; eso no es decir nada porque lo mismo cabría afirmar para la población general, salvadas las diferencias de edad. Que el 40% o más de las personas con síndrome de Down puedan superar los 60 años sin haber desarrollado Alzheimer significa la importancia que tiene preparar y programas una vida plena y rica en actividades, atender y cuidar la salud, enseñar a desarrollar las capacidades y a disfrutar de las múltiples ofertas de la vida.
Es de destacar, por otra parte, el trabajo anteriormente citado de Devenny et al. (1997) quienes muestran que, a lo largo de seis años, sólo se aprecian signos de desarrollo de demencia en 4 de un grupo de 91 personas con edades comprendidas entre los 50 y 63 años, y con un nivel de funcionamiento intelectual bastante alto. Semejante dato no se puede echar en saco roto, porque el actual aumento de oportunidades y de programación de todo tipo están consiguiendo mantener los índices de funcionamiento intelectual en niveles más altos y en una población más extensa. Será preciso seguir la evolución de los actuales adultos jóvenes que viven ya otro tipo de vida, para comprobar si la aparición de la demencia se retrasa o disminuye. Además, como ya se ha indicado anteriormente, este mismo aumento en el nivel de funcionamiento intelectual servirá para hacer más sensible la detección de un declive y más fácil su diagnóstico.
De lo expuesto hasta aquí podemos concluir lo siguiente:
  1. La frecuencia con que la población con síndrome de Down desarrolla
  2. demencia tipo Alzheimer es superior a la del resto de la población, tenga ésta o no deficiencia mental.
  3. La edad a la que se presenta la enfermedad de Alzheimer en las personas con
  4. síndrome de Down suele ser relativamente precoz, con una evolución media de 4-5 años.
  5. La aparición y la evolución muestran un alto grado de variabilidad
  6. interindividual. De hecho, hay personas con síndrome de Down que nunca desarrollarán demencia.
  7. De ello se deduce que, para que aparezca enfermedad de Alzheimer, deben
  8. confluir factores diversos cuya expresión difiere de una persona a otra.
  9. Es preciso saber distinguir entre lo que es un deterioro o declive relacionado
  10. con la edad en el síndrome de Down, de lo que es la instauración de la demencia. Y es necesario diferenciar muy bien la demencia de otros procesos que también pueden aparecer en el síndrome de Down, como son la depresión, el hipotiroidismo o las pérdidas sensoriales.
  11. La buena detección diagnóstica de la demencia requiere que se conozca con
  12. precisión el nivel previo de funcionamiento, tanto de carácter intelectual como adaptativo.
  13. Son indicios la aparición de una cierta pérdida en las habilidades de la
memoria, el lenguaje y la comunicación, y la orientación general. Posteriormente habrá modificaciones progresivas en los cambios de personalidad, períodos crecientes de apatía e inactividad, reflejos hiperactivos y otros signos neurológicos (p. ej., las convulsiones), pérdida de las habilidades diarias de adaptación, de la memoria visual, reducción del lenguaje expresivo, confusión y desorientación crecientes, aumento de estereotipias.

Relación entre síndrome de Down y enfermedad de Alzheimer

Para intentar comprender las causas de esta marcada variabilidad en la presencia de la demencia tipo Alzheimer en la población con síndrome de Down, es necesario recurrir a algunos conocimientos sobre las características y la biología molecular de la enfermedad. En anteriores artículos (Flórez, 1993) han quedado descritos los rasgos fundamentales de esta enfermedad y ciertos elementos que la asocian al síndrome de Down. Resumiré aquí los datos más importantes.
El diagnóstico definitivo de enfermedad de Alzheimer se asienta sobre el hallazgo neuropatológico de las lesiones cerebrales específicas: los depósitos de la proteína insoluble b -amiloide que originan las placas neuríticas, la acumulación de detritos neurofibrilares intraneuronales que constituyen los ovillos o acúmulos neurofibrilares, la pérdida de neuronas y de sus uniones sinápticas. Otras alteraciones son las modificaciones vacuolares de las neuronas y los cuerpos de Lewis y de Hirano. Existen amplias diferencias en la ubicación y conformación de las placas neuríticas los acúmulos neurofibrilares, así como en su progresiva distribución a lo largo y ancho del cerebro. De acuerdo con el número e intensidad de estos depósitos, de la velocidad con que se forman, de las regiones en las que se ubican y de la destrucción neuronal que provocan, así serán la evolución y progresión de la enfermedad. En los estadios I y II los acúmulos neurofibrilares se localizan en la corteza transentorrinal; en los III y IV aumentan y alcanzan también la región entorrinal; en los V y VI se extienden a múltiples regiones de toda la corteza cerebral con una pérdida escalonada y progresiva de neuronas de diverso carácter neuroquímico. Es frecuente que las primeras neuronas afectadas sean las colinérgicas, es decir, las que funcionan produciendo y liberando acetilcolina. La corteza termina por atrofiarse y se ensanchan notablemente los ventrículos cerebrales.
Desde el punto de vista molecular, es característica la presencia de unas proteínas, entre las que destacan: a) la proteína b -amiloide, que es un péptido de 40-42 aminoácidos que deriva de una magna proteína precursora de b -amiloide (APP), y se encuentra principalmente en el núcleo central de las placas neuríticas; el gen de la proteína APP se localiza en el cromosoma 21; b) las proteínas tau que se encuentran hiperfosforiladas y originan la degeneración neuronal y la formación de los acúmulos neurofibrilares; c) otras proteínas que también concurren en el proceso son las presenilinas PS-1 (formada por un gen del cromosoma 14) y PS-2 (cromosoma 1), y la apolipoproteína E, más concretamente la del alelo e 4 (Apo-E4, formada por un gen del cromosoma 19).
La hipótesis más aceptada para explicar el inicio y proceso de las lesiones cerebrales es la de la cascada amiloide. El proceso degenerativo comienza con un mal procesamiento de la proteína APP que se escinde inadecuadamente y origina la proteína b -A42, de carácter neurotóxico. La precipitación de esta proteína provoca modificaciones reactivas e inflamatorias en el tejido circundante, con presencia de astrocitos y microglía y detritus neuronales de las placas neuríticas. Puesto que la proteína APP es codificada por un gen del cromosoma 21, parece lógico que, si existe una trisomía de este cromosoma, haya sobreexpresión de la proteína APP, dato confirmado desde las etapas más jóvenes de las personas con síndrome de Down.
No basta, sin embargo, con que haya exceso de APP; hace falta que concurran otros factores. El primero es que la APP se procese mal y origine la proteína b -A42, que es la tóxica. Han de intervenir también otras proteínas como las ya citadas, las PS-1, PS-2 y la Apo-E4. Se desconoce el modo en que participan y actúan estas proteínas, pero se admite que la presencia del alelo e 4 en la Apo-E es un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer; en cambio, la presencia del alelo e 2 de la Apo-E aparece como un factor protector (Prasher et al., 1997).
En el síndrome de Down está asegurada la presencia de uno de los principales factores desencadenantes, como es la proteína APP, y ello parece ser la razón de su mayor prevalencia de la demencia. Desconocemos, sin embargo, qué circunstancias concurren para que se produzca su derivado tóxico b -A42; este hecho y la presencia variable de las demás proteínas arriba descritas son probablemente las causas de la variabilidad en la presentación de la enfermedad en cada individuo. En un reciente trabajo realizado en personas con síndrome de Down, Prasher et al. (1997) no llegaron a demostrar una asociación significativa entre la posesión del alelo Apo E e 4 y el comienzo de la enfermedad de Alzheimer, si bien las personas con este alelo mostraron una mayor tendencia a que la enfermedad apareciera a edades más tempranas, mientras que las personas con el alelo Apo E e 2 podían no desarrollar la demencia y tener una longevidad mayor. Los datos son todavía poco convincentes.
A la acción de las proteínas hasta aquí mencionadas, es preciso añadir otros mecanismos que probablemente confluyen o ejercen una acción sinérgica en el fenómeno degenerativo. Entre ellos se encuentran la producción de radicales libres de oxígeno, la producción de citocinas y quimocinas propias de las reacciones inflamatorias, y la acumulación de elementos potencialmente tóxicos que se van produciendo a lo largo de la vida como consecuencia de la sobreexpresión de genes del cromosoma 21. Parece también posible que contribuya la existencia de una mayor propensión de las neuronas a desarrollar apoptosis o muerte celular, a juzgar por la mayor presencia de ciertas proteínas (p53, APO-1/FAS) asociadas a la apoptosis en los cerebros de adultos con síndrome de Down Seidl et al., 1999).

La terapéutica y los cuidados en el anciano con síndrome de Down

A la vista de lo expuesto, hemos de abordar el tratamiento y los cuidados que se han de aplicar al anciano con síndrome de Down, desarrollen o no enfermedad de Alzheimer. Si no la desarrollan, será un anciano con deficiencia mental cuya atención ofrece características algo distintas de las del anciano en general. Éstas han sido ya expuestas en otro lugar (Flórez, 2000), pero resumiré aquí lo más imprescindible.

El anciano sin enfermedad de Alzheimer

En su conjunto, los diversos autores apuntan al hecho de que el anciano con deficiencia mental está expuesto, como mínimo, al mismo tipo de problemas médicos (excluidos los mentales) que el resto de la población. Hay cuadros patológicos cuya prevalencia parece ser mayor, como son los sensoriales u otros que forman parte de la etiología específica de la discapacidad intelectual. Lo que ciertamente cambia y complica la situación es el contexto en el que la enfermedad aparece y se desarrolla, los problemas que plantea para su correcto diagnóstico, y las peculiaridades que puede tener su tratamiento.
La población anciana con deficiencia mental presenta una problemática particular en relación con su capacidad de movimiento, que puede o no estar relacionada con su mayor riesgo de sufrir caídas y fracturas. Las consecuencias en relación con la política de prevención son evidentes.
Es enormemente importante el hecho, señalado por Evenhuis (1997), de que las personas ancianas con discapacidad incluso ligera no presenten quejas de manera espontánea que llamen la atención sobre su proceso patológico; y así, toleran trastornos importantes sensoriales, el dolor torácico, la disnea, la dispepsia o los problemas relacionados con la micción, o expresan los síntomas de manera enteramente atípica: mediante el aumento de la irritabilidad, la inactividad, la pérdida de apetito, los problemas del sueño. A veces, los cuadros alcanzan una gravedad que difícilmente se hace detectable si sólo se atiende a lo que se considera la sintomatología característica.
Estas peculiaridades diagnósticas obligan a plantear una estrategia también específica y propia, que cabe resumir en los siguientes puntos.
a) Mejorar el conocimiento de los factores específicos de riesgo (cuando se conozcan) y de la presentación atípica de los síntomas.
b) Promover la observación atenta por parte de los cuidadores: éste es un punto cuya práctica cambia conforme la persona con deficiencia alcanza mayores grados de autonomía y resulta menos "vigilada".
c) Realizar exploraciones de forma regular y pautada que cubran los aspectos más básicos, al menos con la misma frecuencia que se recomienda para el resto de la población. En este sentido, es recomendable que, a partir de los 50 años, se realice anualmente una exploración física rutinaria en la que se controle el peso, la presión arterial, el corazón, los pulmones, la piel, el estado de las mamas o de la próstata, la posible presencia de estreñimiento, la glucemia y el sedimento urinario. La visión debe ser explorada cada 3 años y la audición cada 5, como mínimo. Habrán de establecerse acuerdos sobre cuáles son las técnicas diagnósticas y terapéuticas más útiles, educando en ellas al médico general. Determinadas etiologías, como es el caso del síndrome de Down, tienen bien establecido el programa de salud basado en la creciente experiencia sobre los ancianos con este cuadro; lo que hace falta es que los médicos y cuidadores lo conozcan y lo ejecuten.
d) Apreciar si aparecen o aumentan problemas de conducta o de insomnio, como síntomas atípicos de una patología orgánica. Por sí mismo pueden ser signos de alarma sobre la aparición de una depresión o de una demencia; pero a veces indican la existencia de un dolor torácico que el paciente no identifica como tal, de una dispepsia, de un dolor artrósico, de un estreñimiento prolongado, o de que existen trastornos de la función tiroidea o de los órganos sensoriales.
e) Instaurar un régimen general preventivo e higiénico. A modo de ejemplo:
  • controlar el tabaco y prevenir el tabaquismo pasivo;
  • controlar el peso corporal, educar en las normas de la buena nutrición, estimular la actividad física a lo largo de la vida;
  • prevenir los trastornos de movilización y deambulación; actividad física, calcio diario en la dieta, tratamiento quirúrgico de las fracturas, movilización activa, supresión de barreras, colocación de apoyos para facilitar la deambulación.

El anciano con enfermedad de Alzheimer

Debemos distinguir claramente tres aspectos: 1) el cuidado general de la persona para mantener su calidad de vida en el mejor grado posible; 2) la aplicación de fármacos; 3) las perspectivas futuras.

1. El cuidado del paciente y la calidad de vida
Empezaré por recordar que la calidad del envejecimiento de una persona en general, y de una persona con discapacidad intelectual en particular, depende en buena parte de la calidad que haya tenido a lo largo de su vida, del grado en que su vida haya tenido un proyecto y éste haya sido seguido con constancia. Cuanto más se haya poseído, más retendrá o más se tardará en perderlo. Y esto sirve para conseguir que continúen en la realización de algunas actividades, en el arreglo personal, en el mantenimiento de la comunicación, etc. Cuidar adecuadamente a un paciente con enfermedad de Alzheimer es todo un reto; hacerlo a uno que, además, tiene síndrome de Down no es necesariamente más difícil, pero es posible que el declive sea más rápido y el cuidador se alarme.
Van Dyke et al. (1998) ofrecen un apretado conjunto de sugerencias para tratar la demencia, que no renuncio a transcribir por su alto contenido humano y que coinciden básicamente con las útiles recomendaciones de Kerr (1999).
· Esforzarse en conservar sus habilidades, sobre todo las que afectan a su propia dignidad (comida, aseo personal), más que enseñarle otras nuevas.
· Reducir al mínimo los cambios en el ambiente y en la rutina diaria.
· Simplificar las rutinas y reducir las posibilidades de elección para minimizar la
ansiedad y la frustración.
· Tener paciencia, volver a dirigir y que las órdenes verbales sean sencillas, que se note que toda la atención va dirigida a apoyar.
· Mantener su conciencia en lo posible, trayéndole recuerdos y conversando sobre experiencias pasadas.
· Ayudarle a que mantenga su orientación a base de anunciarle los sucesos que van a ocurrir en el día, recordándole la fecha en que vive, los lugares, nombrando las personas que le rodean. No forzarle a estar en la realidad pero tampoco seguirle en su pensamiento delirante.
· Darle seguridad cada día, aun cuando no nos responda.
· Intentar comprender las palabras y símbolos que emplee para la comunicación. Ser pacientes y no tratar de que él venga a nuestro terreno sino al contrario: ir nosotros al suyo.
· Darle los alimentos y líquidos necesarios para su nutrición e hidratación.
· Consultar al médico cuando se vea que una medicación deja de ser útil; pero asumir la responsabilidad cuando se vea necesario darle alguna medicación.
· Reducir los riesgos de accidentes que puedan surgir durante el aseo personal (suelo de duchas y bañeras, afeitado), previéndolos y estableciendo las pertinentes rutinas.
· Hacer llegar el afecto y la protección con una voz tranquila, realizar contactos físicos para darle seguridad, o para alabarle.
· Proporcionar un ambiente familiar y seguro, con una supervisión estrecha para reducir la confusión y la inseguridad.
· Mantener el nivel actual de independencia a base de incrementar la supervisión por parte del personal y de su pronta y eficaz respuesta ante las necesidades.
· Modificar el programa del individuo, o hacer planes de anticipación de las actividades de la vida diaria y de las necesidades de supervisión, cuando sea necesario.
· Seguir y anotar los aumentos que haya en los episodios de confusión, desorientación, lapsus de memoria, para estar mejor preparados si se repiten. Seguir evaluando su movilidad, seguridad y necesidades de la vida diaria.
· Informar al personal, familiares y cuidadores sobre los cambios y estrategias previstas en los planes de atención.
· Tratar de identificar los factores que ocasionan una conducta inapropiada o peligrosa, e intentar disminuir la probabilidad de que vuelvan a ocurrir en el futuro.

2. La aplicación de fármacos
No existe en el momento actual ningún fármaco que cure o alivie de una manera importante la enfermedad de Alzheimer, o interrumpe su progresiva evolución degenerativa. Si se quiere actuar de manera contundente, sería preciso atacar a la raíz de la enfermedad, es decir, impedir que se vayan produciendo y precipitando las proteínas de carácter tóxico que se han comentado anteriormente.
Los únicos fármacos que en la actualidad se admite que ofrecen alguna ligera mejoría para algunos de los síntomas, y eso sólo en las etapas más iniciales de la enfermedad, son unos fármacos que incrementan la actividad de los sistemas neuronales de acción colinérgica en el cerebro. Se ha mencionado más arriba que uno de los grupos de neuronas que sucumben bajo la acción de la enfermedad es el grupo colinérgico, que se caracteriza por comunicarse mediante la producción y liberación del neurotransmisor acetilcolina. Pues bien, los fármacos hasta ahora aprobados por las autoridades sanitarias son los inhibidores de la acetilcolinesterasa; se llaman así por que su acción consiste en impedir que la enzima acetilcolinesterasa rompa la molécula de la acetilcolina recién liberada por la neurona, con lo que la acción de la acetilcolina se incrementa y prolonga, compensando así de alguna manera la disminución de acción colinérgica que sufre el cerebro como consecuencia de la destrucción de las neuronas colinérgicas.
En el momento actual existen disponibles en España tres fármacos inhibidores de la acetilcolinesterasa: por orden de aparición, la tacrina, el donepezilo y la rivastigmina. Es preferible el segundo porque es menos tóxico que el primero y su acción dura más que la de los otros dos, lo que permite administrarlo una sola vez al día (véase Flórez, 1998). Su eficacia es muy limitada; mejoran algo la actividad en general y la cognitiva (p. ej., memoria). Se han utilizado ya en muchos ancianos con enfermedad de Alzheimer, pero muy poco (y con resultados negativos, probablemente por lo avanzado de la evolución de la enfermedad), en personas con síndrome de Down y enfermedad de Alzheimer. Ha habido un intento de administrar donepezilo en dos adultos con síndrome de Down sin signos de enfermedad de Alzheimer, con algún resultado ligeramente positivo (Kishnani et al., 1999; Flórez, 1999).
También se está tratando de incrementar la actividad colinérgica por otros métodos; por ejemplo, mediante fármacos que activen directamente los receptores que tienen las neuronas para recibir la información colinérgica. Todavía no se ha conseguido ninguno con eficacia real y contrastada (Flórez, 1998).

3. Las perspectivas futuras
Estas perspectivas pasan, como ya se ha dicho, por actuar incisivamente sobre los mecanismos moleculares que actúan en el proceso patogénico de la enfermedad. Cuando sepamos exactamente cómo se producen e interactúan las proteínas que parecen ser consustanciales con el desarrollo de la demencia tipo Alzheimer, será posible sintetizar fármacos que bloqueen o perturben la formación o la acción de tales proteínas. Dada la importancia epidemiológica y social de la enfermedad de Alzheimer, son enormes los recursos económicos que se dedican a la investigación sobre su terapéutica, por lo que confío que ello supondrá un claro beneficio para nuestros ancianos con síndrome de Down.

Resumen

La población con síndrome de Down ha aumentado en los últimos años la media de su esperanza de vida, que se encuentra ahora alrededor de los 56 años. Esto significa que son muchas las personas que superan dicha edad. En conjunto, la población con síndrome de Down muestra una mayor prevalencia y una aparición más precoz de enfermedad de Alzheimer que el resto de la población con deficiencia mental. Sin embargo, existe un numeroso grupo que, o no muestra signos de demencia, o lo hace a edades muy avanzadas. Se puede hablar, por tanto, en el síndrome de Down de un envejecimiento natural y de otro patológico (la demencia tipo Alzheimer). Es muy importante hacer el diagnóstico diferencial de la demencia con otras enfermedades que, mostrando algunos síntomas parecidos, tienen tratamiento específico.
Es preciso que las personas que están al cuidado de los adultos con síndrome de Down por encima de los 45-50 años, realicen un cuidadoso seguimiento médico ajustado a los programas de salud propios de este síndrome, con particular atención a las pérdidas sensoriales, hipotiroidismo, depresión. Igualmente, han de seguir el modo en que desarrollan sus actividades diarias, utilizan el razonamiento y la memoria, muestran su emotividad, comunicabilidad y orientación. Es muy conveniente que anoten las variaciones que pueda haber en su evolución. Existen ya abundantes cuestionarios y tests diagnósticos que orientan hacia el diagnóstico, pero el factor fundamental en todos ellos es la evaluación de la variación o declive temporal que se aprecia en el comportamiento de la persona.

domingo, 16 de septiembre de 2012

SINDROME FEBRIL EN EL ANCIANO


Definición de síndrome febril

El síndrome febril es el síntoma de una enfermedad inflamatoria, infecciosa, neoplásica, endocrinológica u otra.

Fiebre de origen desconocido:
Definición de fiebre de origen desconocido: fiebre de más de 3 semanas de evolución con temperatura superior a 38ºC en varias determinaciones y sin diagnóstico después de 3 días de estudio intrahospitalario o 3 visitas ambulatorias.
No se considera fiebre la temperatura por debajo de 37.5ºC (febrícula – “décimas”).

Casos especiales de Fiebre de origen desconocido

Fiebre Nosocomial:
Definición de fiebre nosocomial: fiebre mayor de 38.3ºC en varias hospitalizaciones, sin infección activa o incubándose al ingreso, sin diagnóstico a pesar de estudio después de 3 días, incluyendo 2 días de incubación de cultivos.

Fiebre por neutropenia:
El concepto de fiebre por neutropenia consiste en cifra de neutrófilos inferior a 500 durante más de 48 horas, fiebre mayor de 38,3º C sin diagnóstico de foco séptico a pesar de estudio.

Fiebre por virus de la inmunodeficiencia humana (VIH-SIDA):
Fiebre superior a 38,3º C durante 4 semanas en forma ambulatoria o 3días de forma intrahospitalaria sin diagnóstico a pesar de estudio.

Etiología del síndrome febril:
Síndrome febril infeccioso: (23-36%) tuberculosis (TBC), abscesos intraabdominales, enfermedad hepatobiliar, endocarditis, EBSA (Bartonella quintana), infección del tracto urinario (incluyendo prostatitis), sinusitis, osteomielitis, fiebre tifoidea, malaria. 
Síndrome febril por neoplasias: (7-31%) leucemias y linfomas, tumores sólidos (hipernefroma y hepatoma), carcinomatosis, mieloma.
Síndrome febril secundario a mesenquimopatía: (9-20%) lupus eritematoso (LES), fiebre reumática, arteritis de la temporal, vasculitis, artritis reumática juvenil (síndrome de Still).
Miscelánea: (17-24%) sarcoidosis pulmonar, fiebre facticia, Fiebre mediterránea familiar, hepatitis granulomatosa, mielofibrosis, fiebre por drogas, enfermedad de Crohn, mixoma, tiroiditis, pericarditis, alveolitis alérgica .
Síndrome febril de origen desconocido: (7-26%).

Variables de interés en el síndrome febril:
Variables geográficas: países subdesarrollados: malaria, dengue, fiebre tifoidea, brucelosis, Kala-Azar, filariasis, esquistosomiasis o fiebre de Lassa.
Edad: Niños: fiebre viral. Ancianos: fiebre reumática, vasculitis, polimialgia reumática y sarcoidosis.
Infección por virus de la inmunodeficiencia humana (VIH): infecciones (Mycobacterium avium complejo), neoplasias (alteraciones de linfocitos), leishmaniasis.
Neutropénicos: fiebre es bacteriemias; después de 7 días son más frecuentes los hongos que las bacterias.

Manejo: Asegurarse de la fiebre: afectación del estado general, peso y exámenes generales alterados (velocidad de sedimentación, proteína C reactiva (PCR), hemograma, hemocultivos seriados). Los hemocultivos son especialmente útiles en casos de sospecha de brucelosis, anaerobios y hongos. La velocidad de sedimentación superior a 100 puede orientar al diagnóstico de neoplasia (linfoma, mieloma, carcinoma de colon o cáncer de pulmón),  infección (endocarditis, EBSA) o inflamación (artritis reumatoide o artritis de células gigantes). También aumenta en hipersensibilidad medicamentosa, tromboflebitis o síndrome nefrótico.
Valorar las causas más frecuentes de fiebre: foco respiratorio, urinario, genital, cutáneo, digestivo, flebitis, catéteres invasivos. Entre los exámenes precisos destaca el estudio de orina completo (sedimento y urocultivo) y la radiografía torácica.
Preguntar por medicamentos, viajes, animales, trabajo, hobbies, factores de riesgo de virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), hábitos no saludables.
Examen físico: hemorragias subungueales, rash, roseolas, adenopatías (arañazo de gato, tuberculosis - TBC, linfoma de Hodgkin), hepatomegalia (tuberculosis miliar, brucelosis, hepatitis granulomatosa o crónica), ectima gangrenoso (Pseudomona), masa abdominal (absceso), tacto rectal y examen genital, soplos cardiacos (apoya pero no descarta la posibilidad de endocarditis bacteriana). Es precisa la repetición del examen físico para ver evolución o modificación de los síntomas.
Laboratorio: biopsia y cultivo de hígado y médula ósea (tuberculosis miliar), adenopatías, nódulos, lesiones cutáneas, arteria temporal o nervio sural (vasculitis), pleural o pericardio (tuberculosis extrapulmonar). Serología: guardar suero de fase aguda. Espacialmente si hay sospecha clínica de toxoplasma, citomegalovirus (CMV), virus de Ebstein Barr (VEB), virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), enfermedad por arañazo de gato, fiebre Q, legionella, psitacosis). Diagnóstico de Imagen: radiografía torácica, TAC de senos paranasales, abdominal, pelviano, torácico, resonancia magnética nuclear (RNM) de partes blandas y encéfalo, pielografía, cintigrama (en segunda instancia) óseo, galio (inflamación), leucocitos marcados, Infecton (ciprofloxacino marcado que detecta selectivamente bacterias), ecocardiografía transesofágica, ecografía hepatobiliar / PPD, Elisa para VIH, ANA, Factor reumatoide, anticuerpos heterófilos.
Antibióticos: no iniciar sin presunción diagnóstica y sin haber tomado los cultivos necesarios.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Musicoterapia para mejorar la salud física y emocional en los adultos mayores


Musicoterapia para mejorar la salud física y emocional


Miércoles, 7 de Marzo 2012

La música nos anima a levantarnos por la mañana, la escuchamos de fondo en reuniones sociales, ayuda a concebir el sueño... Pero, además, la musicoterapia es una herramienta terapéutica que se sirve de la música, el sonido y las vibraciones para optimizar los canales de comunicación, el aprendizaje, la memoria, la motricidad y la expresión, desde una perspectiva preventiva y rehabilitadora, con el fin de mejorar nuestra calidad de vida. También fomenta el desarrollo de la creatividad y satisface las necesidades físicas, emocionales, sociales y cognitivas del ser humano en todas las etapas de su existencia.


Musicoterapia para mejorar la salud física y emocional
Los musicoterapeutas se aprovechan del fuerte poder evocador que tiene la música para trabajar las emociones en personas de todas las edades, con o sin patologías, que desean beneficiarse de sus efectos preventivos, rehabilitadores y terapéuticos. La música y el sonido son inherentes al ser humano y forman parte de nuestra vida y de todo cuanto nos rodea. De esta manera, pueden despertar desde las emociones más primarias, como alegría, miedo o tristeza, hasta los sentimientos más complejos, como nostalgia, timidez o euforia. 

La música tiene tres componentes fundamentales: melodía, ritmo y armonía. Cada uno de ellos, conecta con los aspectos esenciales del ser humano: afectivo o social, físico y psicológico. El presidente de la Asociación para la Creatividad, el Arte y la Terapia (CreArTe), Miguel Ángel Diví, explica que a nivel físico la música altera la respiración y el ritmo cardíaco y, por lo tanto, puede variar la tensión arterial, la saturación de oxígeno, la temperatura y la resistencia al dolor. "Por medio de esta terapia, se puede reducir la medicación y mejorar el estado de salud general", afirma. 

En la misma línea, los voluntarios de la Fundación Musicoterapia y Salud (Mussa), Paula Ramírez y Pedro Vinuesa, añaden que existen investigaciones que avalan que la música tiene efectos fisiológicos: "Modifica las ondas cerebrales, produce cambios en el tono muscular, la secreción hormonal, ayuda a la regeneración de los tejidos, relaja, tonifica y aminora la fatiga y el estrés. Estos cambios en el organismo permiten prevenir, promover y rehabilitar la salud de las personas". En Estados Unidos, hospitales de prestigio incluyen a un profesional musicoterapeuta en sus equipos multidisciplinares. 

A nivel afectivo o social y psicológico, la directora del Centro de Musicoterapia de Barcelona, Isabel Agudo, defiende que la música forma parte de la conducta humana. El compartir gustos o preferencias musicales "refuerza y mejora las habilidades sociales de la persona, favoreciendo su integración en un grupo. Además, la música conmueve, estimula nuestros sentidos y evoca recuerdos o sensaciones que influyen en nuestro estado de ánimo. Todos tenemos una historia musical". 

El presidente de la Asociación Española de Musicoterapia (AEMT), José Daniel Terán, va más allá: "La musicoterapia propicia el crecimiento personal, la toma de conciencia de los valores humanos y el saneamiento de esas pequeñas goteras que, si se descuidan, pueden arruinar la edificación de nuestra personalidad". Desde su experiencia, se trata de una terapia aceptada, porque no es invasiva, que "facilita tanto la catarsis y descompresión emocional como la proyección exterior y canalización de sentimientos agresivos". 

En definitiva, la musicoterapia ayuda a superar dificultades físicas y psíquicas, pudiendo incitar y modificar conductas en función de nuestra reacción. En este sentido, la delegada regional de la AEMT y vocal coordinadora de la Asociación de Musicoterapia del Mediterráneo (AMME), María Ruth Romero, subraya que las frecuencias musicales son capaces de modificar funcionamientos orgánicos y despertar ciertas zonas del cerebro: "El ritmo estimula la visión espacial, muy importante cuando envejecemos; la música despierta el hipotálamo, donde residen importantes funciones de la vida orgánica; y el sonido desbloquea los hemisferios cerebrales produciendo un efecto tranquilizador".

Musicoterapia para mejorar la salud física y emocional
Principales beneficios en los mayores

La directora del Centro de Musicoterapia de Barcelona declara que la musicoterapia refuerza, recupera y potencia las facultades deterioradas a causa del paso de los años. "La capacidad funcional de los mayores se ve afectada por los cambios fisiológicos del envejecimiento, tanto a nivel físico como psíquico", manifiesta. Por eso, Isabel Agudo clasifica los beneficios de la musicoterapia en el campo de la geriatría en distintos niveles:

• Cognitivo. La música estimula la memoria a corto y largo plazo y, por tanto, ayuda al aprendizaje, mejora la orientación en la realidad, aumenta la capacidad de atención y concentración y mantiene o mejora las habilidades verbales y de comunicación.

• Físico. Refuerza la estimulación sensorial y mejora la coordinación del sistema neuromotriz. Así, ayuda a mantener la movilidad de las articulaciones y aumenta la fuerza del músculo. También promueve la relajación, reduce la agitación y disminuye los niveles de ansiedad.

• Socioemocional. La expresión emocional ayuda a identificar y compartir sentimientos, aumenta la interacción y comunicación social, reduce y previene el aislamiento y mejora las habilidades sociales y la autoestima.

• Espiritual. Facilita espacios de reflexión sobre temas trascendentales que preocupan a los mayores.

El presidente de CreArTe, Miguel Ángel Diví, incide en que en los casos de enfermedades degenerativas "se ha observado cómo se reducen significativamente los temblores, mejora la memoria y aumenta la atención y la autoestima. También disminuye la deambulación y mejora la psicomotricidad y las posibles conductas disruptivas". Asimismo, el presidente de AEMT, José Daniel Terán, insiste en que ralentiza el progresivo deterioro cognitivo: "Las evocaciones musicales, a partir de la historia sonora del paciente y por la fuerza emocional que imprimen, pueden resultar un asidero de rememoraciones. Al menos, un flash fugaz de vinculación con la realidad". Y la coordinadora de AMME, María Ruth Romero, añade: "Convertimos la música en terapia, en energía capaz de transmutar toda enfermedad en salud, aunque no hablemos necesariamente de curación".
 
Por último, los voluntarios de la Fundación Mussa, Paula Ramírez y Pedro Vinuesa, aseguran que la musicoterapia "pretende mejorar la calidad de vida y proporcionar un espacio y medio de expresión que con la edad, en algunos casos, se pierden. Actualmente, existen centros de día que promueven esta terapia en talleres de estimulación cognitiva, reminiscencia, socialización (coros y conjuntos instrumentales) y soporte emocional". 

Musicoterapia para mejorar la salud física y emocional
Metodología de las sesiones

Tras la valoración individual de cada caso (demencia, discapacidad, hiperactividad...), el musicoterapeuta decidirá si debe hacer más hincapié en aspectos cognitivos, afectivos o comunicacionales y de relación. Las sesiones de musicoterapia se estructuran según las necesidades individuales o grupales, y su contenido es distinto si se desarrollan en un hospital, centro geriátrico, asociación, fundación, etc.
 
"Las sesiones de musicoterapia se inician con una práctica de saludo y calentamiento. La fase nuclear transcurre en función de los objetivos previstos, con maleabilidad suficiente para que el participante pueda desenvolverse en un clima lúdico y de creatividad. Finalmente, se realiza un ejercicio de cierre", explica el presidente de AEMT, José Daniel Terán.
 
Las sesiones dirigidas a personas mayores, tal y como indican los musicoterapeutas de la Fundación Mussa, trabajan, especialmente, la socialización, la memoria y el desarrollo de habilidades musicales cantando, por ejemplo, en un coro. Pero también trabajan la memoria y psicomotricidad interpretando y tocando canciones del pasado.
 
Por su parte, la coordinadora de AMME, María Ruth Romero, afirma que "los enfermos de Alzheimer necesitan que los musicoterapeutas marquen un periodo de intervención, con una duración concreta, y que cada sesión esté perfectamente estructurada en un marco flexible. Así, empezaremos y terminaremos siempre con una misma actividad o canción, compartiendo la experiencia mediante la autorreflexión y el análisis".
 
De esta manera, se consigue que las personas mayores reconozcan el espacio y la actividad, lo que aporta seguridad y hace desaparecer los miedos y la ansiedad que pueden sentir cuando hacen algo nuevo o diferente. "En función de las necesidades del grupo y de las metas que nos marquemos, desarrollamos distintas actividades: tocar, cantar, componer, bailar, viajes a través de la imaginación, recuerdos de su música preferida y la de su región. Cuando parece que todo se les olvida, descubren que hay mucho que aún guardan en su memoria", asegura esta especialista.
 
Las sesiones de musicoterapia tratan de crear música con el propio cuerpo, la voz o los instrumentos y sinergias que surgen en el proceso; también se pueden hacer ejercicios de estiramientos y calentamiento de la voz o respiraciones y el baile puede complementar estas actividades. 

Una música para cada momento

El presidente de CreArTe, Miguel Ángel Diví, manifiesta que hay un tipo de música para cada estado de ánimo, actividad y momento del día. No obstante, asegura que no existen recetas musicales, "porque lo que a una persona le produce una reacción emocional o cognitiva, en otra podría tener el resultado contrario. Los efectos físicos son más homogéneos y sí que podríamos hablar de que la música con ritmo lento, sonidos graves y volumen suave puede ayudar a calmar, relajar y, por tanto, a reducir un dolor de cabeza o reducir el insomnio. Sin embargo, la soledad, por ejemplo, al tener un componente más emocional que físico requiere un trato personalizado con el paciente".
 
En la misma línea, el presidente de AEMT, José Daniel Terán, considera arriesgado establecer una relación directa entre composiciones musicales y su correspondencia con determinados estados de ánimo. "Los estudios sobre música funcional ya indican tanto la estructura de la pieza musical como el formato de presentación más recomendable. Pero puede resultar algo simplista tomar algunas músicas como referencia de un estado de ánimo", explica.
 
Por su parte, los voluntarios de la Fundación Mussa piensan que la música depende mucho de los gustos de cada persona. "Se tiende a pensar que cuando estamos tristes escuchamos canciones lentas, pero no tiene por qué ser así. Una balada y una pieza heavy pueden despertar la misma emoción en personas distintas, porque existen parámetros musicales que promueven o modifican diferentes estados de ánimo. El cuerpo pide una música en cada momento y a eso hay que adecuarse".
 
Por ejemplo, se puede jugar con la duración, altura, ritmo e intensidad para provocar ciertas reacciones. Teniendo en cuenta esta premisa, Paula Ramírez y Pedro Vinuesa recomiendan para el insomnio música con un patrón rítmico lento y constante, que se pueda repetir con la respiración, ya que al ser cíclico posibilita un sueño más profundo. Mientras, para el dolor de cabeza aconsejan música arrítmica, abierta, que no siga un patrón repetitivo como, por ejemplo, sonidos ambientales, agua, mar... Para las personas que son muy sensibles a estímulos externos, mejor el silencio.
 
Por su parte, la coordinadora de AMME, María Ruth Romero, prefiere referirse a que hay una forma diferente de intervenir en función de la patología y logros que, tanto el paciente como el terapeuta, se proponen alcanzar. "Cada modelo o forma de intervenir se basa en una o más teorías sobre el tratamiento, que provienen de muy diversas disciplinas: psicoterapia, logopedia, terapia ocupacional, psicomotricidad, educación musical, etc. No podemos hacer recetas únicas, porque estamos tratando personas que tienen una historia, unas costumbres, unos sentimientos, unas emociones y unas vivencias que les vinculan a determinadas actitudes. Por eso, adaptamos la terapia a las características de los pacientes", señala.
 
Si bien Romero defiende el diseño una terapia para cada paciente, desde su experiencia profesional asegura que bailar ritmos marcados y alegres es muy gratificante para el cuerpo y la mente, porque nos hacen vibrar de forma positiva. "Cuando bailamos una canción de Shakira se siente vitalidad y energía colectiva; Mike Oldfield se emplea para el desarrollo de la creatividad; Bárbara Streisand evoca ternura, afectividad y sentimientos profundos de resurgimiento personal; Luz Casal resulta ideal para remover depresiones y sacar emociones inadecuadas con el fin de liberarse; las melodías de Carlos Nuñez son muy aprovechables en terapia; José Carreras y Plácido Domingo inspiran fortaleza, dulzura e intimidad; Monserrat Caballé acaricia el mensaje verbal; y la música clásica de Mozart inspira alegría, ilusión y ganas de vivir", concluye. 

MARIPOSAS EN LA PANZA



QUIERO COMPARTIR CON TODOS USTEDES ESTA HERMOSA CANCIÓN DE SANTIAGO CRUZ...DEJA UN HERMOSO MENSAJE...NUNCA ES TARDE PARA SENTIR Y ENAMORASE...ENCONTRAR LA PAREJA IDEAL AL FINAL DEL CAMINO.  ESPERO LA DISFRUTEN Y ENTIENDAN EL MENSAJE.

SINDROME DE SJOGREN


¿Qué es el síndrome de Sjögren?
El síndrome de Sjögren (se pronuncia chogren) es una enfermedad que afecta
las glándulas que producen humedad en el cuerpo. A menudo causa resequedad
en la boca y en los ojos. También puede causar resequedad en otras partes del
cuerpo que necesitan mantenerse húmedas, como la nariz, la garganta y la piel.
¿Quién padece del síndrome de Sjögren?
Aunque este síndrome puede afectar a personas de cualquier raza y edad, la
mayoría de las personas con el síndrome de Sjögren son mujeres. Además es
muy raro entre los niños, ya que casi siempre se presenta después de los 40 años
de edad.
¿Cuál es la causa del síndrome de Sjögren?
El síndrome de Sjögren es una enfermedad autoinmunitaria. El sistema
inmunitario se encarga de combatir las enfermedades al eliminar los virus y
las bacterias que pueden ser dañinos para el cuerpo. Sin embargo, con las
enfermedades autoinmunitarias, el sistema inmunitario se equivoca y ataca las
partes sanas de su propio cuerpo.
En el caso del síndrome de Sjögren, el sistema inmunitario ataca las glándulas que
producen las lágrimas y la saliva y evita que funcionen de manera adecuada. Esto
causa resequedad en los ojos y la boca.
Los médicos no saben qué causa el síndrome de Sjögren. Se cree que puede ser
causado por una combinación de dos factores:
● Los genes
● La exposición a algún virus o bacteria.
¿Cuáles son los síntomas del síndrome de Sjögren?
Los síntomas principales son:
● Resequedad en los ojos
● Resequedad en la boca.
Revisada en julio de 2010¿Qué es el síndrome de Sjögren?
Esenciales: hojas informativas de fácil lectura
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El síndrome de Sjögren puede afectar también otras partes del cuerpo, entre éstas, la piel, las
articulaciones, los pulmones, los riñones, los vasos sanguíneos, los nervios y los órganos del
sistema digestivo. Los síntomas pueden incluir:
● Piel reseca
● Sarpullido
● Problemas de la tiroides
● Dolor en los músculos y las articulaciones
● Resequedad vaginal
● Adormecimiento y sensación de hormigueo en los brazos y las piernas.
El síndrome de Sjögren también puede causar que usted se sienta muy cansado.
¿Cómo se diagnostica el síndrome de Sjögren?
Los médicos diagnostican el síndrome de Sjögren de varias maneras:
● Antecedentes médicos
● Examen físico
● Algunos exámenes de los ojos y la boca
● Análisis de sangre.
Los médicos también pueden usar:
● Análisis de orina
● Radiografías de pecho.
¿Cuál es el tratamiento para el síndrome de Sjögren?
El tratamiento es diferente para cada persona y depende de qué partes del cuerpo están
afectadas. El tratamiento tiene como propósito principal eliminar los síntomas. Algunos posibles
tratamientos son:
● Medicamentos para el dolor en los músculos y las articulaciones, tales como la aspirina o
el ibuprofeno
● Medicamentos que ayudan a producir más saliva
● Medicamentos para eliminar la inflamación, tal como corticosteroides
● Medicamentos que disminuyen la acción del sistema inmunitario.¿Qué es el síndrome de Sjögren?
Esenciales: hojas informativas de fácil lectura
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El tratamiento para la resequedad de los ojos puede incluir:
● Lágrimas artificiales. Estas lágrimas vienen en diferentes grados de espesor. Quizás tenga
que probar varios tipos antes de encontrar las gotas que más le sirvan.
● Ungüentos para los ojos. Éstos son más espesos que las lágrimas artificiales y protegen los
ojos manteniéndolos húmedos durante varias horas. Podrían causarle visión borrosa, por
lo que es mejor que los use antes de irse a dormir.
● Medicamentos para reducir la inflamación de los ojos.
● Un químico que humedece la superficie del ojo y evita que las lágrimas naturales se
sequen rápidamente. Este químico viene en una pildorita (pélet) que se coloca en el
párpado inferior. Al aplicarse gotas en los ojos se disuelve la pildorita y se forma una
capa fina sobre sus propias lágrimas que atrapa la humedad.
● Cirugía para cerrar los ductos lacrimales de donde brotan las lágrimas de los ojos.
El tratamiento para la resequedad de la boca puede incluir:
● Masticar goma de mascar o chupar caramelos. Esto ayuda a que las glándulas produzcan más
saliva. Sin embargo, es esencial que use solamente caramelos y goma de mascar sin azúcar.
● Tomar a menudo pequeños sorbos de agua o una bebida no azucarada. Esto ayuda a
mantener la boca húmeda.
● Usar un bálsamo labial de aceite o petróleo o un lápiz labial. Esto ayuda a aliviar los labios
resecos y partidos.
● Usar un sustituto de saliva recetado por un médico. Esto ayuda a que la boca se
sienta húmeda.
● Usar medicamentos que le ayuden a producir más saliva.
Las personas con resequedad en la boca pueden padecer fácilmente de infecciones en la boca.
Hágale saber a su médico si le salen manchas blancas o áreas enrojecidas o si le arde la boca.
Los medicamentos y la resequedad
Algunos medicamentos pueden causar resequedad en los ojos y la boca. Si usted está
tomando alguno de los medicamentos que aparecen a continuación, pregúntele a su médico
si debe dejar de tomarlos.
Los medicamentos que pueden causar resequedad incluyen:
● Los que se usan para las alergias y resfriados (antihistamínicos y descongestionantes)
● Los que se usan para eliminar líquido (diuréticos)
● Algunos de los que se usan para tratar la diarrea
● Algunos de los que se usan para tratar la presión arterial
● Algunos antipsicóticos
● Los tranquilizantes
● Los antidepresivos.¿Qué es el síndrome de Sjögren?
Esenciales: hojas informativas de fácil lectura
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¿Qué investigaciones se están haciendo sobre el síndrome de Sjögren?
Se están haciendo estudios sobre:
● Los genes y la genoterapia
● Las bacterias y los virus
● El sistema inmunitario
● Las hormonas
● Cómo predecir qué personas podrían tener problemas de los pulmones
● Los tratamientos para otros problemas de la piel
● Los medicamentos que ayudan a las glándulas a producir humedad
● Los medicamentos que ayudan al sistema inmunitario y reducen la inflamación.
Para más información acerca del síndrome de Sjögren y otras
enfermedades relacionadas, comuníquese con el:
Centro Nacional de Distribución de Información del Instituto Nacional de Artritis
y Enfermedades Musculoesqueléticas y de la Piel (NIAMS, por sus siglas en inglés)
Institutos Nacionales de la Salud (NIH, por sus siglas en inglés)
1 AMS Circle
Bethesda, MD 20892–3675
Teléfono: 301–495–4484
Llame gratis: 877–22–NIAMS (877–226–4267)
TTY: 301–565–2966
Fax: 301–718–6366
Correo electrónico: NIAMSinfo@mail.nih.gov
Sitio web: www.niams.nih.gov
Para su información
En esta hoja informativa puede encontrar información sobre medicamentos que se usan para
tratar la enfermedad aquí mencionada. Hemos brindado la información más actualizada
disponible al momento de la impresión. Es posible que desde entonces haya surgido más
información sobre estos medicamentos.
Para obtener la información más actualizada o para hacer preguntas sobre cualquiera de los
medicamentos que está tomando, llame gratis a la Administración de Drogas y Alimentos
(FDA, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos al 888-INFO-FDA (888-463-6332) o visite el
sitio Web: www.fda.gov.

viernes, 14 de septiembre de 2012

CLIMATERIO MASCULINO Y EL REENCUENTRO CON LO ERÓTICO

Inicialmente quiero felicitar a hombres y mujeres que en aras del saber han hecho presencia para fortalecer sus conocimientos. La información recibida específicamente en el tema que nos concierne, el climaterio masculino, permite al hombre comprender sus síntomas y afrontar el envejecimiento sin tanto miedo, temor o preocupación, pero sí con mucha dignidad, es un momento propicio para que se cuestionen y puedan dar la bienvenida a esta bella etapa que les depara la vida.

Para ubicarnos en el tema, empezaré por aclarar los términos que se han venido utilizando para catalogar este período. En Europa por ejemplo, el término empleado es andropausia a raíz de que este vocablo procede del griego andro, que significa hombre, la describen como una experiencia transicional; el Reino Unido ha utilizado el término viropausia porque Vir es un prefijo latino que significa hombre.

Hoy en día se utiliza el calificativo de climaterio masculino o climaterio viril, período que se inicia con cambios hormonales, fisiológicos y químicos que se producen por regla general entre los cuarenta y sesenta y cinco años y afectan todos los aspectos de la vida. El climaterio se puede definir como una condición física, con dimensiones psicológicas, interpersonales, sociales y espirituales.

El médico psiquiatra, gerontólogo y sexólogo, Dr. Andrés Flores Colombino, en su libro diccionario de sexología define el climaterio de la siguiente manera: Período de involución que anuncia y acompaña la pérdida de la capacidad reproductiva de la mujer, por atrofia de los ovarios y el cese de la menstruación, acompañado de tufaradas de calor, palpitaciones, irritabilidad, sudores, insomnio, etc. Aparece normalmente entre los 45 y 55 años, su sintomatología es variable y puede faltar. En el hombre también se encuentran algunos síntomas como cansancio, fatiga, olvidos, disfunciones sexuales, se diferencia de la mujer, porque no hay pérdida de fertilidad.

Es señal de salud mental, pensar que el climaterio masculino no es el principio del fin, sino el final del principio, indica que ha concluido la primera adultez y se está listo para emprender la segunda adultez, y se sigue siendo un ser deseante y deseado, con un cuerpo cargado de palabras que susurran sentimientos, con disposición y coraje para seguir siendo un ser apasionado e investigador de lo que ama, para entregar amor en el otoño, sin condenas al ocaso, con disposición y coraje para continuar creciendo, con actitud positiva para descubrir su propio milagro y saberse importante para el mundo, un hombre que aproveche su historia para remediar el pasado sin perpetuar los males, sin espacio para conjugar los mandatos culturales de hombre deteriorado, derrotado, defensivo y desposeído. Kinsey lo demostró en sus investigaciones, sostiene que el climaterio puede constituir el comienzo de una vida sexual más placentera y gratificante.

El sexo continúa siendo una expresión de todo el ser, donde se conjuga lo erótico con lo sensual y lo creativo, sin dejar el peso de la virilidad a la exclusividad hormonal y al funcionamiento del pene, hay que abrir las puertas al disfrute de la intimidad, ser mayor no significa ser un santo asexuado, bañado de castidad geriátrica, acompañado de miseria erótica, con ilusiones perdidas y congeladas por el paso del tiempo, los hombres están llenos de pasión creativa, aunque una pasión distinta a la de sus años mozos. El climaterio obliga al varón a hacer frente a los cambios que experimenta su sexualidad y no tiene por qué ser un período de abandono sexual, es un tiempo en el que se amplía y adquiere nuevas dimensiones, no puede ser una generación discapacitada, con varones heridos y amputados, separados bruscamente de su cuerpo, de su sexualidad y de sus emociones, como lo suele predicar en algunas ocasiones la religión y la represión sociocultural.

Una forma de prepararse el hombre positivamente en la instalación de esta nueva edad, la del erotismo trascendental, es reconocer que existen síntomas y cambios, que lejos de castrarlos, hay que asimilarlos y vivirlos sin amenaza para la vida, con sentido de prevención y sin apegos a un desesperado renacer adolescente, aceptando las cosas tal como son, para vivir la vida no de cualquier manera, sin huir de la realidad, hay que salir del laberinto y prepararse para reconocer y hacerle frente a las depresiones, ansiedades, miedos o desesperaciones, es un período de desafío que emana símbolos de transformación.

La brillante escritora sobre climaterio masculino, Martha Weinman Lear, relaciona los síntomas que ha observado en los varones durante este período así: El Doctor Herbert S. Kupperman, profesor de medicina en el Centro Médico de la Universidad de Nueva York, sostiene que un porcentaje de los varones entre cuarenta y uno y sesenta y dos años, sufren un cese fisiológico de su función testicular, cambio acompañado de los siguientes síntomas:

• Pérdida de potencia, se traduce en eyaculación precoz o incapacidad para alcanzar la erección.
• Sofocaciones similares a las asociadas en la menopausia femenina, son por lo general menos intensas.
• Una tendencia a sentirse nervioso e indeciso a la hora de actuar y propenso a los arrebatos de mal humor y de enfado.

El Doctor Malcom Carruthers, especialista en el tratamiento del climaterio masculino en Inglaterra, ha estado investigando durante los últimos 20 años la función clave que desempeña la testosterona para que el varón se mantenga sano, feliz y sexualmente activo; presentó las conclusiones de su estudio en el Primer Congreso Mundial sobre el Envejecimiento del Varón, celebrado en Ginebra (Suiza) en febrero de 1998 y según él, esta importante hormona desempeña un papel protagónico en la función de la salud del varón, el descenso hormonal afecta el impulso sexual, se siente cansancio, fatiga, estado de ánimo depresivo, pérdida de densidad ósea, es decir, el hombre experimenta un cambio de vida tan real y hormonal como lo es la menopausia propiamente dicha para las mujeres.

sábado, 8 de septiembre de 2012


Nutrición para personas mayores



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abuelosA medida que pasan los años, una serie de cambios alteran nuestra capacidad de alimentarnos y de disfrutar de las comidas. En muchos casos, estas dificultades llevan a que los adultos mayores limiten sus ingestas y sufran de desnutrición, aumentando el riesgo de enfermedades.
La pérdida del gusto y el olfato, provoca disminución en la salivación, dificultando la digestión, ya que la saliva contiene sustancias que participan en la degradación de los alimentos.
El deterioro en la vista, el oído y la coordinación implican disminución en el deseo de alimentarse, por falta de incentivo visual y por dificultades para comer en forma autónoma.
La pérdida de piezas dentarias dificulta la masticación y por lo tanto, también la digestión. En algunos casos es necesario licuar los alimentos, obteniendo un producto final cuyo aspecto es rechazado.
Suelen sufrir gastritis, distensión abdominal (hinchazón luego de comer), estreñimiento y constipación.
Tienen menos apetito por cambios en su organismo, y también por aislamiento social, depresión y encierro. La falta de sensación de sed los lleva a deshidratarse con facilidad.
Las enfermedades cardíacas, renales, la hipertensión o la diabetes, condicionan su dieta, limitando la oferta de alimentos adecuados.
Sin embargo, es posible ayudarlos a sobreponerse a las dificultades y lograr una alimentación adecuada y saludable.
Es conveniente presentarles platos nutritivos, sabrosos, variados y organizar el momento de la comida de manera que les resulte placentera.
Todos los días deberían consumir:
  •  leche, queso, yogur o algún postre lácteo, fundamentales para prevenir la pérdida ósea que podría conducir a una fractura de cadera,
  • abundante cantidad de verduras y frutas (un cítrico diario los protegerá de infecciones y cataratas),
  • una porción de carne, pollo o pescado,
  • pan, arroz, fideos o papa,
  • aceite de oliva, girasol, soja, canola o maíz,
  • dos litros de líquidos (agua, jugos, té, mate, caldo)
Realizar cuatro comidas diarias, evitar el exceso de azúcar y dulces, grasas, fritos y alcohol, les ayudarán a mantenerse en forma más saludable para disfrutar, también, de esta etapa de la vida.
En caso de enfermedad o de trastornos que dificulten la ingesta, la consulta con un nutricionista permitirá encontrar soluciones para mantener un adecuado estado nutricional.
Por último, 15 minutos diarios de sol les darán la vitamina D que requieren y, además, levantan el ánimo.
Los alimentos proporcionan la energía y los nutrientes que necesita para estar sano. Entre los nutrientes se incluyen proteínas, carbohidratos, grasas, vitaminas,minerales y el agua.
Hay estudios que demuestran que una buena dieta en la edad avanzada reduce el riesgo de osteoporosis, hipertensión arterial, enfermedades cardíacas y algunos tipos de cáncer. A medida que envejece, usted puede necesitar menos energía. Pero aún así necesitará la misma cantidad de nutrientes en los alimentos. Para obtenerlos:
  • Elija una variedad de alimentos saludables
  • Evite las calorías vacías, que son alimentos con muchas calorías pero pocos nutrientes, tales como las papas fritas, las galletas dulces, las gaseosas y el alcohol
  • Prefiera alimentos con bajo nivel de colesterol y grasas, especialmente las grasas saturadas y trans
Las grasas saturadas suelen provenir de los animales. Lea las grasas trans en las etiquetas de los alimentos procesados, margarinas y mantecas.